La calle parecía un cementerio viviente, personas que iban y venía, que
tenían prisa, que empujaban, que gritaban. Nadie ofrecía su sonrisa,
todos parecían despreciar sus vidas. Por eso, a un niño no más de unos
metros de ese desastre humano, le temblaban los oídos. No soportaba
aquel ruido chirriante que le hacia estremecer. Pocos minutos antes,
había estado llorando, sitiendose solo y aturdido. Estaba confuso. Nadie
le había gritado ni despreciado y sin embargo al salir a la calle, una
profunda tristeza le había invadido.
Él no había sabido razonar el
por qué de su reacción pero las mismas personas que le rodeaban le
trasmitían terror y por eso es por lo que había optado por taparse los
oídos. Miró su reloj, eran más de las nueve y ya le estarían esperando,
así que decidió levantarse y reemprender la marcha. Justo en ese momento
un apresurado bancario, que sujetaba un maletín chocó de repente con
él. Rápidamente se dispuso a incorporarse y tras rechazar la ayuda del
niño para recoger las pertenencias del maletín le dirigió unas palabras
desagradables y desapareció dando gritos. Aquel solitario niño que sólo
quería encontrar un poco de humanidad en las personas, comprendió de
pronto la razón de su tristeza. Así que se dispuso a caminar hacia su
destino sin apenas abrir los ojos. En la oscuridad de su mente sólo
pensaba en aquel extraño hombre enchaquetado, que hacía a penas segundos
le había gritado. ¿Por qué nadie mira a su alrededor?- se había
preguntado. Entoces notó la presencia de un cuerpo impactado con el
suyo. Quiso llorar pero apretó los puños decidido a enfrentarse. Pero
cuando vio una sombra acurrucada a sus pies y le ayudó a levantarse,
observó que aquella persona no era un lujoso millonario con aires de
orgulloso. No. Tenía la cara sucia y la ropa rasgada. Cojeaba de un pie y
apoyándose en una muleta vieja y oxidada intentaba sostenerse en pie lo
mejor posible. Le dedicó una sonrisa llena de dientes negros y rotos, y
le dijo:
-Gracias, ultimamente suelo tropezar mucho y casi nadie me ayuda.
El
niño no supo que responder "¿De verdad había dicho gracias?- pensó.
Entonces rebuscó en su mochila y sacó unas monedas. Aún temblaba y tenía
los ojos llorosos. Se las ofreció.
-No gracias-le contestó el vagabundo sonriendo- eres muy amable, pero no quiero dinero.
-¿A no?-le contestó el niño- ¿tienes para comer?
-Depende
del día, pero bastante tienen los ciudadanos con soportar mis tropiezos
y caidas para estar dándome dinero además. Gracias de todas formas.
Se alejó cojeando y le dedicó la última sonrisa antes de dar la vuelta a la esquina.
Y
aquel niño solitario comprendió la grandeza de ese hombre. Con el
aspecto que tenía, sus malestares y su hambre, a pesar de eso, tenía
fuerzas para sonreír, para tratar bien a las personas. Y aún así, no
quería nada a cambio, se conformaba con regalar sonrisas. Ojalá todos
fueran así- pensó. Su sonrisa se le salía de la cara, mucha gente le
despreció o bromeó durante todo el camino que estuvieron observando su
extraña sonrisa. Pero a él le daba igual, sentía que podía ayudar a la
gente y ser feliz. Sentía que no necesitaba nada más. Había aprendido
que la vida y que el mundo en los que vivía no se había mirado a su
alrededor, que todos tenían que darse cuenta de que el mejor regalo era
regalar.
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