jueves, 28 de junio de 2012

Tu vida está delante de tus ojos, tu mundo delantes de tus pies.

La calle parecía un cementerio viviente, personas que iban y venía, que tenían prisa, que empujaban, que gritaban. Nadie ofrecía su sonrisa, todos parecían despreciar sus vidas. Por eso, a un niño no más de unos metros de ese desastre humano, le temblaban los oídos. No soportaba aquel ruido chirriante que le hacia estremecer. Pocos minutos antes, había estado llorando, sitiendose solo y aturdido. Estaba confuso. Nadie le había gritado ni despreciado y sin embargo al salir a la calle, una profunda tristeza le había invadido.
Él no había sabido razonar el por qué de su reacción pero las mismas personas que le rodeaban le trasmitían terror y por eso es por lo que había optado por taparse los oídos. Miró su reloj, eran más de las nueve y ya le estarían esperando, así que decidió levantarse y reemprender la marcha. Justo en ese momento un apresurado bancario, que sujetaba un maletín chocó de repente con él. Rápidamente se dispuso a incorporarse y tras rechazar la ayuda del niño para recoger las pertenencias del maletín le dirigió unas palabras desagradables y desapareció dando gritos. Aquel solitario niño que sólo quería encontrar un poco de humanidad en las personas, comprendió de pronto la razón de su tristeza. Así que se dispuso a caminar hacia su destino sin apenas abrir los ojos. En la oscuridad de su mente sólo pensaba en aquel extraño hombre enchaquetado, que hacía a penas segundos le había gritado. ¿Por qué nadie mira a su alrededor?- se había preguntado. Entoces notó la presencia de un cuerpo impactado con el suyo. Quiso llorar pero apretó los puños decidido a enfrentarse. Pero cuando vio una sombra acurrucada a sus pies y le ayudó a levantarse, observó que aquella persona no era un lujoso millonario con aires de orgulloso. No. Tenía la cara sucia y la ropa rasgada. Cojeaba de un pie y apoyándose en una muleta vieja y oxidada intentaba sostenerse en pie lo mejor posible. Le dedicó una sonrisa llena de dientes negros y rotos, y le dijo:
-Gracias, ultimamente suelo tropezar mucho y casi nadie me ayuda.
El niño no supo que responder "¿De verdad había dicho gracias?- pensó. Entonces rebuscó en su mochila y sacó unas monedas. Aún temblaba y tenía los ojos llorosos. Se las ofreció.
-No gracias-le contestó el vagabundo sonriendo- eres muy amable, pero no quiero dinero.
-¿A no?-le contestó el niño- ¿tienes para comer?
-Depende del día, pero bastante tienen los ciudadanos con soportar mis tropiezos y caidas para estar dándome dinero además. Gracias de todas formas.
Se alejó cojeando y le dedicó la última sonrisa antes de dar la vuelta a la esquina.

Y aquel niño solitario comprendió la grandeza de ese hombre. Con el aspecto que tenía, sus malestares y su hambre, a pesar de eso, tenía fuerzas para sonreír, para tratar bien a las personas. Y aún así, no quería nada a cambio, se conformaba con regalar sonrisas. Ojalá todos fueran así- pensó. Su sonrisa se le salía de la cara, mucha gente le despreció o bromeó durante todo el camino que estuvieron observando su extraña sonrisa. Pero a él le daba igual, sentía que podía ayudar a la gente y ser feliz. Sentía que no necesitaba nada más. Había aprendido que la vida y que el mundo en los que vivía no se había mirado a su alrededor, que todos tenían que darse cuenta de que el mejor regalo era regalar.

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