jueves, 28 de junio de 2012

Nadie regala, nadie ofrece, pero todos quieren.

Es escalofriante ver a los árboles desnudos en invierno. A penas tienen hojas y el aspecto marrón de su tronco le deja desolado y angustioso. A veces deseo ayudarle. Deseo alegrarle con una bonita capa de hojas verdes o transmitirle una sensación cálida. Pero me doy cuenta de que en pleno otoño, sería imposible. Y pienso en lo solitario que parece y en la gran cantidad de magia que le falta. Sí, magia.

Es escalofriante sentir soledad. Igual que un árbol sin hojas en pleno invierno...
Día a día, sientes que te falta algo, que estas sola, vacía. Pero tu mayor esperanza, lo que te hace soportar la caída, es el anhelo de que pronto pasará, de que te sentirás llena de nuevo. Igual que el árbol desolado espera la primavera. Y pasa el tiempo y aunque sigas vacía ni siquiera te das por aludida porque en cualquier momento sabes que llegará. Pero no. No llega. El invierno se alarga y cada vez te acostumbras más a la angustiosa soledad. Y te preguntas, ¿por qué? Y te das cuenta de que nadie regala magia... de que nadie hace nada por ti... de que ni siquiera les importas. Y si alguna vez habías llegado a pensar que algún día alguien daría algo por tí, estabas equivocada.

Miro a mi alrededor y busco la magia, aunque tenga que aprender a sentirla a kilómetros de aquí. Y nunca antes había estado más segura de que por muy grande que sea el mundo, la magia es muy reducida. Y hablo de esa magia especial que a veces te llenan, que te hacen sentir acompañada, que muy pocas personas saben dar y lo único que quieren es verte bien. Pura humildad. Y esque hablo de esta magia en particular porque me chifla, porque es genial.
Y porque es capaz de devolverle la vida a un árbol en pleno invierno.

Y se siente, aunque esté lejos, y te aseguro de que si algun la encuentras, sabras llenarte por muy diminuta que sea, no te importará si estás tremendamente sola y si a nadie le importas, porque esa magia que poca gente transmite basta con absorverla unos minutos, basta con verla de lejos y basta con saber que existe para hacer de lo que era un desierto un aunténtico mar.



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