jueves, 28 de junio de 2012

La rutina puede esperar, vamos a vivir del aire.

Ahogarse en medio de un mar de gente.
Asfixiarse con el humo de la calle, en el que el aire ya apenas existe.
Agobiarse con lo que nos rodea, no poder más, explotar.
Asustarse, sofocarse por la cantidad de aire agobiante en los pulmones.
Agotarse, cansarse del ambiente enrarecido que se respira.
Aburrirse de los mismo olores, de los mismos aromas contaminantes.

Y aún así, poder respirar. Ignorar el aire que hace que nos ahogemos y hallar el aire puro, el que evita nuestra asfixia.
Llenarse de él y quedarnos quietos.

Aprender a nadar y cruzarnos el mar entero.
Eliminar el aire contaminado y andar por la calle.
Vaciar la habitación, y llenarla de otra cosa, que nos haga experimentar.
Buscar esencias vivas, que nos hagan volar.

Y todo esto en un simple soplo de aire. Un soplo de aire que vacía nuestros pulmones, que nos libera, que nos deja respirar por un momento. Y seguir como si nada, aunque con una pequeña cosa más, una diminuta y reconofortable sensación de deshagomiento.

Nos ahogamos y nos desahogamos, y todo irrealizable sin aire.

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