La vida es frágil. Demasiado, diría yo.
Hay tantas cosas que por
hacer y por las que lamentarse que hacen que la vida se desmorone
facilmente, que se hunda, que se rompa en pedacitos.
Y en vez de eso
creo sueños, de esos que están más allá de lo real, para evadirme, para
darme fuerzas, para evitar que la vida se demorone. Y es útil, creeme.
Te sirve de comodín para afrontar mejor las cosas, te llena de
esperanzas, te da fuerzas. Es útil hasta cierto punto, en el que te das
cuenta de que eres demasiado soñador, en el que tu corazón pide más que
un simple tapón para evitar las penas. "¿A quién quiero engañar?"
Te
terminas preguntando. Y sonríes, porque al final te terminas engañando a
ti mismo, terminas creando sueños que solo se cumplen en las películas.
"Pero,¿quién sabe? ¿Y si...?"
¿Y si fuera algo más? ¿Y si se cumpliera? ¿Y si nada es imposible? ¿Y si...? ¿Y si...?
Y
das por hecho que la vida es frágil, que tendrás que seguir inventando
historias fantásticas para adornar lo triste, que aún así no podrás
evitar seguir luchando, seguir teniendo miedo, seguir soñando, seguir
enfrentándote a esas dos palabras insignificantes que son la clave para
hacer que la vida sea un poquito menos dolorosa.
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