Miedo. A muchas cosas, quizá a más de las que nunca he imaginado. Quizá
hasta me de miedo saber que tengo miedos. Pero de eso consisten nuestros
días, en tener miedo a vivirlos, en tener miedo a lo que pueda suceder.
Todo
lo que buscan es que terminemos armándonos de valor, de paciencia y de
una buena sonrisa. Los días nos enseñan, no ponen a prueba.
Quizá no
sea del todo malo, quizá tener miedo sea bueno. Alomejor lo necesitemos
porque nos enseña a vivir, porque nos fortalece, porque la vida está
repleta de miedos en los que tendrás que elegir si trepar por la pared y
pasar al otro lado o simplemente quedarte en tierra y esperar a que el
muro se destruya. En cierta parte los necesitemos, aunque en el fondo
deseamos no tenerlo. Realmente, dependemos de ellos porque nos ayudan a
cruzar pequeños obstáculos, porque nos mentalizan de que el camino de
nuestra vida consiste en eso, en pequeños trocitos de valentía, de mirar
al firme.
Probablemente tengamos miedo a caer, no a pasar al
otro lado. Nos da miedo luchar por subirnos al muro, por escalarlo
piedra a piedra, por dejarnos nuestra fuerzas en el y que tropecemos en
el último escalón o que nos caigamos despues de haberlo recorrido. Quizá
tememos que las vistas al otro lado no sean buenas.
Miedo, que tal
vez con el tiempo aprendamos a sentirlo, aprendamos a escalar, quizá nos
sepamos de memoria cada piedra de ese muro. Quizá treparlo no sea tan
difícil. Tal vez si luchamos, la pared nos parecerá una pequeña piedra
en el camino.
Por eso hay que seguir adelante, porque el día en el
que te encuentres otro muro distinto, tres veces más grande y aterrador,
sentirás miedo por supuesto, pero sonreirás y te asuguró que empezerás
de nuevo, a observar cada piedra, cada trocito de pared, y no te
importará el tiempo que tardes en escalarlo, pues te darás cuenta que el
mayor de tus miedos es no tenerle miedo a nada.
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