viernes, 31 de agosto de 2012

Miedo. A muchas cosas, quizá a más de las que nunca he imaginado. Quizá hasta me de miedo saber que tengo miedos. Pero de eso consisten nuestros días, en tener miedo a vivirlos, en tener miedo a lo que pueda suceder.
Todo lo que buscan es que terminemos armándonos de valor, de paciencia y de una buena sonrisa. Los días nos enseñan, no ponen a prueba.
Quizá no sea del todo malo, quizá tener miedo sea bueno. Alomejor lo necesitemos porque nos enseña a vivir, porque nos fortalece, porque la vida está repleta de miedos en los que tendrás que elegir si trepar por la pared y pasar al otro lado o simplemente quedarte en tierra y esperar a que el muro se destruya. En cierta parte los necesitemos, aunque en el fondo deseamos no tenerlo. Realmente, dependemos de ellos porque nos ayudan a cruzar pequeños obstáculos, porque nos mentalizan de que el camino de nuestra vida consiste en eso, en pequeños trocitos de valentía, de mirar al firme.

Probablemente tengamos miedo a caer, no a pasar al otro lado. Nos da miedo luchar por subirnos al muro, por escalarlo piedra a piedra, por dejarnos nuestra fuerzas en el y que tropecemos en el último escalón o que nos caigamos despues de haberlo recorrido. Quizá tememos que las vistas al otro lado no sean buenas.
Miedo, que tal vez con el tiempo aprendamos a sentirlo, aprendamos a escalar, quizá nos sepamos de memoria cada piedra de ese muro. Quizá treparlo no sea tan difícil. Tal vez si luchamos, la pared nos parecerá una pequeña piedra en el camino.
Por eso hay que seguir adelante, porque el día en el que te encuentres otro muro distinto, tres veces más grande y aterrador, sentirás miedo por supuesto, pero sonreirás y te asuguró que empezerás de nuevo, a observar cada piedra, cada trocito de pared, y no te importará el tiempo que tardes en escalarlo, pues te darás cuenta que el mayor de tus miedos es no tenerle miedo a nada.

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