Era domingo. Largos y
odiosos domingos. Días en los que la abundancia de tiempo y tranquilidad le
hacen a uno pensar en cualquier cosa menos en la que realmente tiene que
pensar. La televisión sonaba incesante, contando las mil y una desgracias que
por suerte o por fortuna, habían tenido lugar en el mundo hoy. Mi mente las
procesaba en silencio, haciendo caso omiso a los largos discursos de los
políticos, prometiendo una gran mejora para el país. Me lo sabía de memoria.
Caos y más caos. Algunos provocados por la grandiosa naturaleza, como
imponentes tsunamis o terremotos, y otros muchos provocados por el egoísmo
humano, robos, corrupción, asesinatos… Yo los solía calificar con la misma
etiqueta porque a mi parecer estaban provocados por lo mismo. Apatía, orgullo,
egoísmo... Con las manos heladas, torné a mirar el reloj. Ni siquiera sabía por
qué me había puesto aquel enorme reloj la noche anterior, quizá porque temía
llegar tarde a la estación. De cualquier modo no me llevaba bien con los
relojes y sabía de sobra que en cuanto todo pasara, lo olvidaría en algún lugar
remoto del cajón de mi escritorio. Suspiré al mirar aquel artefacto que encerraba
el tiempo tras una porción de cristal. Eran las cuatro menos diez. Me calcé las
botas deprisa y me guardé las llaves en el bolsillo izquierdo de mi chaqueta.
Recorrí las calles sin apenas pensar a dónde
me dirigía. Me conocía el camino demasiado bien. Llegué en cinco minutos
escasos y miré el andén del autobús en el panel de salidas. Allí estaba ella,
con su maleta azul visiblemente llena. La despedida no fue dura, pero yo sabía
que detrás de todo aquello, nos esperarían a las dos largas noches en vela
pensando en la distancia y en todas estas cosas que suelen poner a uno melancólico.
La abracé fuerte y desee sinceramente que todo le fuera bien. La vi marchar
sentada en la parte posterior del autobús, pensando en que una vez más, las
personas a las que más quería, se alejaban de mí poco a poco. Con un nudo en la
garganta recordé la conversación que habíamos entablado aquella misma mañana.
Ella me había preguntado qué quería ser de mayor. Yo había sonreído y le había
explicado mi gran dilema con una difícil pregunta. ¿Qué salvarías a las
personas o al mundo? No supo qué contestar. No la culpé, yo llevaba años sin
poder hacerlo. Supuse que ahora que ella se iba, tocaba saber decidir, no sólo
esa, sino muchas otras cuestiones que la vida incesantemente te presenta.
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