lunes, 4 de marzo de 2013

Sin nombre ni fecha.

Siempre pensó que la vida tenía algo más que males sabores de boca y agonías, que detrás del manto de egoísmo y maldad en el que esas personas empeñadas en ser pesimistas vivían con tristeza, había algo más. Algo que quizás pocas personas llegarían a entender nunca, algo mágico, que realmente te hiciera valorar la vida. ¿Existía algo más donde no lo había o parecía no haberlo? Puede ser que por eso se creyera que todos los días eran especiales ya que siempre y cuando estuviéramos vivos, la vida nos pertenecía. Ilusa, decían algunos. O vividora intensa. Había diferentes versiones, todas y cada una de ellas invisibles ante sus ojos.

Aquella mañana fue el comienzo de todo. Era jueves. Aparentemente normal y aburrido, pero con grandes esperanzas. Se despertó envuelta en ese sueño nocturno que parecía no querer abandonarla nunca y que, en cierta manera, tuvo que sacudir para que, a regañadientes, se esfumara dejando esas espantosas ojeras como pequeña venganza. El espejo parecía reirse de ella con cariño, mostrando sus rizos despeinados sobre la espalda y sus labios agrietados. Le mostraba su propia naturaleza, sin miramientos pero sin dureza. Su dulce reflejo le traicionaba al otro lado del cristal. Y ella, que solía mirarse al espejo durante largo rato, acariciando sus delicadas facciones a la par que pensaba sobre posibles cambios a experimentar, aquella mañana de febrero soleado, sonrió. Por un día, no quiso cambiar nada más de ella, le gustaba su pelo rebelde, sus pómulos ligeramente marcados y su aspecto desaliñado. Aquella mañana no se escondía en la imagen de alguien que no se correspondía con ella misma. Aquella mañana era especial.

Sin saber en que ocupar el tiempo recogió su cuarto, tranquilamente, sin prisas, con un nerviosismo camuflado en una tranquilidad a la que no estaba acostumbrada a tener. Aprovechó para recoger recuerdos escondidos en los recovecos de sus cajones. Cartas, hermosas cartas que nunca se cansaba de leer. Se alegró de que aquellas palabras escritas en tinta y con sentimiento formaran parte de su  vida, de haber sabido valorar lo que tenía, justo y cuando lo tenía, de no haber pensado "fue bonito" y de pensar "¡qué afortunada soy!".
Deambuló toda la mañana sin destino fijo, errante, sin saber realmente qué hacer, nómada de sus recuerdos. Sabía exactamente lo que le esperaba en unas horas: plenitud. Y, sin embargo, esa palabra escondía tantos significados, que no podía evitar mostrar un atisbo de inquietud. Nadie sabe por qué a veces las personas llegan a nosotros para darnos las respuestas que más queremos.
Inevitablemente en cuanto oyó la puerta sonar, su sonrisa se alzó. Fue alcanzar a ver sus ojos y lo comprendió todo.

Nadie sabe ser seguro. Lo que definimos como una persona insegura o segura está directamente relacionado con la capacidad de disimulo que tengamos. Ella, cabezota, pequeña ingenua y soñadora, no había hecho nada más en toda su vida que pensar en los misterios de este mundo, y los trucos para plantar los pies en él de una vez. Sin embargo, le habían recomendado que no pensara mucho, que no era bueno, que resultaba que siendo ignorantes se vivía mejor. Nunca creyó en ese cuento chino. Para ella, esos ojos verdes que la absorbían con la mirada le hacía volar. Tumbados en la cama, la piel de él caliente y la suya helada, complementados en ese laberinto de sábanas y piernas, él la observaba y ella, sonrojada, sentía que no existía nada más. Y contrastando el silencio más precioso del mundo, estaba el latido de su corazón en el que ella se empeñaba en no dejar de escuchar nunca. Fuerte, constante, seguro, destacando sobre el suyo, débil, apenas perceptible, inquieto. No pudo. No pudo. El universo se abrió debajo de ese sonido ensordecedor que hacía su corazón al vivir, y entonces se quedó absorta con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando todo lo que siempre quiso saber. Ahora entendía con claridad la plenitud. Ya no había inquietudes, miedos, temores. Ya no había nada, tan sólo amor. Quiso creer que algo había querido que aquello pasase aquella remota mañana para que nunca fuese olvidado. Y es más, tiempo después, descubrió que aquello no había sido más que el entrante de un festín, que el sentimiento que empezó a crear ese día, la acompañó por siempre, haciéndola dichosa cada minuto de su vida.



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