Siempre pensó que la vida tenía algo más que males sabores de boca y
agonías, que detrás del manto de egoísmo y maldad en el que esas personas empeñadas
en ser pesimistas vivían con tristeza, había algo más. Algo que quizás pocas
personas llegarían a entender nunca, algo mágico, que realmente te hiciera
valorar la vida. ¿Existía algo más donde no lo había o parecía no haberlo?
Puede ser que por eso se creyera que todos los días eran especiales ya que
siempre y cuando estuviéramos vivos, la vida nos pertenecía. Ilusa, decían
algunos. O vividora intensa. Había diferentes versiones, todas y cada una de
ellas invisibles ante sus ojos.
Aquella mañana fue el comienzo de todo. Era jueves. Aparentemente normal y
aburrido, pero con grandes esperanzas. Se despertó envuelta en ese sueño
nocturno que parecía no querer abandonarla nunca y que, en cierta manera, tuvo
que sacudir para que, a regañadientes, se esfumara dejando esas espantosas
ojeras como pequeña venganza. El espejo parecía reirse de ella con cariño,
mostrando sus rizos despeinados sobre la espalda y sus labios agrietados. Le
mostraba su propia naturaleza, sin miramientos pero sin dureza. Su dulce
reflejo le traicionaba al otro lado del cristal. Y ella, que solía mirarse al
espejo durante largo rato, acariciando sus delicadas facciones a la par que
pensaba sobre posibles cambios a experimentar, aquella mañana de febrero
soleado, sonrió. Por un día, no quiso cambiar nada más de ella, le gustaba su
pelo rebelde, sus pómulos ligeramente marcados y su aspecto desaliñado. Aquella
mañana no se escondía en la imagen de alguien que no se correspondía con ella
misma. Aquella mañana era especial.
Sin saber en que ocupar el tiempo recogió su cuarto, tranquilamente, sin
prisas, con un nerviosismo camuflado en una tranquilidad a la que no estaba
acostumbrada a tener. Aprovechó para recoger recuerdos escondidos en los
recovecos de sus cajones. Cartas, hermosas cartas que nunca se cansaba de leer.
Se alegró de que aquellas palabras escritas en tinta y con sentimiento formaran
parte de su vida, de haber sabido valorar lo que tenía, justo y cuando lo
tenía, de no haber pensado "fue bonito" y de pensar "¡qué
afortunada soy!".
Deambuló toda la mañana sin destino fijo, errante, sin saber realmente qué
hacer, nómada de sus recuerdos. Sabía exactamente lo que le esperaba en unas horas: plenitud. Y, sin
embargo, esa palabra escondía tantos significados, que no podía evitar mostrar
un atisbo de inquietud. Nadie sabe por qué a veces las personas llegan a
nosotros para darnos las respuestas que más queremos.
Inevitablemente en cuanto oyó la puerta sonar, su sonrisa se alzó. Fue
alcanzar a ver sus ojos y lo comprendió todo.
Nadie sabe ser seguro. Lo que definimos como una persona insegura o segura
está directamente relacionado con la capacidad de disimulo que tengamos. Ella,
cabezota, pequeña ingenua y soñadora, no había hecho nada más en toda su vida
que pensar en los misterios de este mundo, y los trucos para plantar los pies
en él de una vez. Sin embargo, le habían recomendado que no pensara mucho, que
no era bueno, que resultaba que siendo ignorantes se vivía mejor. Nunca creyó
en ese cuento chino. Para ella, esos ojos verdes que la absorbían con la mirada
le hacía volar. Tumbados en la cama, la piel de él caliente y la suya helada, complementados
en ese laberinto de sábanas y piernas, él la observaba y ella, sonrojada,
sentía que no existía nada más. Y contrastando el silencio más precioso del
mundo, estaba el latido de su corazón en el que ella se empeñaba en no dejar de
escuchar nunca. Fuerte, constante, seguro, destacando sobre el suyo, débil,
apenas perceptible, inquieto. No pudo. No pudo. El universo se abrió debajo de
ese sonido ensordecedor que hacía su corazón al vivir, y entonces se quedó
absorta con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando todo lo que siempre quiso
saber. Ahora entendía con claridad la plenitud. Ya no había inquietudes,
miedos, temores. Ya no había nada, tan sólo amor. Quiso creer que algo había
querido que aquello pasase aquella remota mañana para que nunca fuese olvidado.
Y es más, tiempo después, descubrió que aquello no había sido más que el
entrante de un festín, que el sentimiento que empezó a crear ese día, la
acompañó por siempre, haciéndola dichosa cada minuto de su vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.