Siempre he pensado que la vida tiene algo más que males sabores de boca y agonías, que detrás del manto de egoísmo y maldad en el que viven todas esas personas empeñadas en ser pesimistas, hay algo más. Algo que quizás pocas personas llegan a enteder nunca, algo que realmente te haga valorar la vida.
Era jueves. Aparentemente normal y aburrido, pero con grandes esperanzas. Como ya he dicho, siempre pienso que existe algo más donde no lo hay o parece no haberlo. Puede ser que por eso me crea que todos los días son especiales. Ilusa de mí, dicen algunos. O vividora intensa. Hay diferentes versiones. Era jueves y me desperté envuelta en ese sueño nocturno que parece no querer abandonarte nunca y que tienes que, en cierta manera, sacudir para que, a regañadientes, se esfume dejando esas espantosas ojeras como pequeña venganza. El espejo parecía reirse de mí con cariño, marcando mis rizos despeinados en mi espalda y mis labios agrietados. Me mostraba mi propia naturaleza, sin miramientos pero sin dureza. Y yo, que suelo mirarme al espejo durante largo rato, deliberando que cambios experimentar en mí para ser más a mí gusto, aquella mañana de febrero soleado, sonreí. Por un día, no quise cambiar nada más de mí, me gustaba mi pelo rebelde, mis pómulos marcados, mi aspecto desaliñado, yo. Y extrañamente, no me imaginé siendo nadie más que yo. Aquella mañana no me escondía en el reflejo de alguien que no se correspondía conmigo.
Recogí mi cuarto, tranquilamente, sin prisas. Y aproveché para recoger recuerdos escondidos en los recovecos de mis cajones. Cartas, hermosas cartas que nunca se cansaban de emocionarme. Releí todas y cada una de ellas y me pareció como si hubieran pasado miles de años desde que las recibí. Me alegré de que aquellas palabras escritas en tinta y con sentimiento formaran parte de mis días, me alegré de haber sabido valorar lo que tenía, justo y cuando lo tenía, me alegré de no haber pensado "fue bonito" y de pensar "¡qué afortunada soy!". Hubiera podido aguantar las lágrimas y mantener mi orgullo si no fuera porque me decidí a inspeccionar la caja de chapa en la que se leía África.
Siempre fui una soñadora innata, demasiado idealista para algunos. Demasiadas cosas pasaban por mi cabeza, demasiadas cosas quería hacer. Y una de ellas siempre fue viajar a Kenya. No tiene sentido ni razón, no intenteis entenderlo. La caja sólo contenía dinero ahorrado desde hacía tiempo y alguna que otra foto que me recordase al continente africano. Pero aún así, conteniendo pequeñas miserías que habían supuesto pequeños esfuerzos sin importancia, para mí aquello significaba mucho. Sentí en ese momento que algún día visitaría mi destino deseado, por el simple hecho de ser tozuda e insistente. Sentí que con pequeñas tonterías podría conseguir lo que quisiera.
Lloré al abrirla, quizás de emoción o quizás de anhelo. No lo sé aún. Pero aquella mañana tranquila sin clases, conseguí entender el mundo un poco mejor. Nadie sabe por qué a veces las cosas vienen a nosotros para darnos las respuesta. Y lo contrario.
Cuando conseguí aclarar mis manos para que te abrieran la puerta hacia las doce de la mañana, tus ojos me dieron la respuesta.
Nadie sabe ser seguro. Lo que definimos como una persona insegura o
segura está directamente relacionado con la capacidad de disimulo que
tengamos. Yo, cabezota de mí, pequeña ingenua y soñadora, creo que no he
hecho nada más en toda mi vida que pensar en los misterios de este
mundo, y los trucos para plantar los pies en él de una vez. Sin embargo,
me han recomendado que no piense mucho, que resulta que siendo
ignorantes se vive mejor. Pero, a pesar de que quiera, no puedo.
Tumbados en la cama, tu piel caliente y la mia helada, complementados en
este laberinto de sábanas y piernas, me observas. Y contrastando el
silencio más precioso del mundo, está el latido de tu corazón. Fuerte,
constante, seguro, destacando sobre el mio, débil, apenas
perceptible,inquieto. No puedo. No puedo. El universo se abre debajo de
ese sonido ensordecedor que hace tu corazón al latir, y entonces me
quedo absorta con mi cabeza apoyada en tu pecho, escuchando todo lo que
siempre quise saber. Imaginándome cada pequeño músculo debajo de ese
cuerpo infinito en el que me tienes atrapada, me pregunto qué habré
hecho para que tú, feliz e inseguro a la par que todos, me transmitas
esa inmensa seguridad en la que me quedaría sujeta para toda la vida. Me
pregunto qué habrá hecho que dos pequeñajos como nosotros coincidamos
en tan hermoso momento, que me des las respuestas de este intrincado
laberinto y que me hagas volar por encima de todo. Me pregunto qué parte
de ti decidió quererme y en que momento dejaste de sentirte inseguro.
Me pregunto si yo causaré el mismo efecto en ti, o tan solo sientas una
milésima parte de lo que tú me haces sentir. Pero, ¿sabes lo que
realmente pienso? Pienso en que no puedo dejar de pensar en que me han
recomendado no pensar mucho y que yo lo seguiré haciendo, porque pensar
en ti mientras nos miramos como dos pequeños ingnorantes es lo único que
me hace ser plenamente felíz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.