Alicia me enseñó a estar seguro de cuando no estaba conforme con algo. Me enseñó a distingir los caprichos. Me explicó que cuando un niño pequeño tiene que comer verduras, no está conforme porque preferiría comer chocolate. Pero no es sólo por eso, es porque también sabe que en el tercer cajón a la derecha del frigorífico, hay una tableta de chocolate blanco. Está disconforme porque sabe que hay otra posibilidad posible, porque él conoce otra alternativa.
Aquella noche, cuando le confesé que aborrecía el mundo y no supe contestar por qué, supe que no tenía razones para estar disconforme. Me tragué mis palabras. Como muchos deberíamos hacer.
Al final del día el simple hecho de no derrumbarnos es suficiente motivo para celebrarlo. La pregunta, ¡Oh, mi yo!, la pregunta triste que vuelve - ¿qué de bueno hay en medio de estas cosas, Oh, mi yo, Oh mi vida? Respuesta, que estás aquí - que existe la vida y la identidad, que prosigue el poderoso drama, y que puedes contribuir con un verso. Walt Whitman
miércoles, 27 de marzo de 2013
lunes, 4 de marzo de 2013
Sin nombre ni fecha.
Siempre pensó que la vida tenía algo más que males sabores de boca y
agonías, que detrás del manto de egoísmo y maldad en el que esas personas empeñadas
en ser pesimistas vivían con tristeza, había algo más. Algo que quizás pocas
personas llegarían a entender nunca, algo mágico, que realmente te hiciera
valorar la vida. ¿Existía algo más donde no lo había o parecía no haberlo?
Puede ser que por eso se creyera que todos los días eran especiales ya que
siempre y cuando estuviéramos vivos, la vida nos pertenecía. Ilusa, decían
algunos. O vividora intensa. Había diferentes versiones, todas y cada una de
ellas invisibles ante sus ojos.
Aquella mañana fue el comienzo de todo. Era jueves. Aparentemente normal y aburrido, pero con grandes esperanzas. Se despertó envuelta en ese sueño nocturno que parecía no querer abandonarla nunca y que, en cierta manera, tuvo que sacudir para que, a regañadientes, se esfumara dejando esas espantosas ojeras como pequeña venganza. El espejo parecía reirse de ella con cariño, mostrando sus rizos despeinados sobre la espalda y sus labios agrietados. Le mostraba su propia naturaleza, sin miramientos pero sin dureza. Su dulce reflejo le traicionaba al otro lado del cristal. Y ella, que solía mirarse al espejo durante largo rato, acariciando sus delicadas facciones a la par que pensaba sobre posibles cambios a experimentar, aquella mañana de febrero soleado, sonrió. Por un día, no quiso cambiar nada más de ella, le gustaba su pelo rebelde, sus pómulos ligeramente marcados y su aspecto desaliñado. Aquella mañana no se escondía en la imagen de alguien que no se correspondía con ella misma. Aquella mañana era especial.
Sin saber en que ocupar el tiempo recogió su cuarto, tranquilamente, sin prisas, con un nerviosismo camuflado en una tranquilidad a la que no estaba acostumbrada a tener. Aprovechó para recoger recuerdos escondidos en los recovecos de sus cajones. Cartas, hermosas cartas que nunca se cansaba de leer. Se alegró de que aquellas palabras escritas en tinta y con sentimiento formaran parte de su vida, de haber sabido valorar lo que tenía, justo y cuando lo tenía, de no haber pensado "fue bonito" y de pensar "¡qué afortunada soy!".
Deambuló toda la mañana sin destino fijo, errante, sin saber realmente qué hacer, nómada de sus recuerdos. Sabía exactamente lo que le esperaba en unas horas: plenitud. Y, sin embargo, esa palabra escondía tantos significados, que no podía evitar mostrar un atisbo de inquietud. Nadie sabe por qué a veces las personas llegan a nosotros para darnos las respuestas que más queremos.
Inevitablemente en cuanto oyó la puerta sonar, su sonrisa se alzó. Fue alcanzar a ver sus ojos y lo comprendió todo.
Nadie sabe ser seguro. Lo que definimos como una persona insegura o segura está directamente relacionado con la capacidad de disimulo que tengamos. Ella, cabezota, pequeña ingenua y soñadora, no había hecho nada más en toda su vida que pensar en los misterios de este mundo, y los trucos para plantar los pies en él de una vez. Sin embargo, le habían recomendado que no pensara mucho, que no era bueno, que resultaba que siendo ignorantes se vivía mejor. Nunca creyó en ese cuento chino. Para ella, esos ojos verdes que la absorbían con la mirada le hacía volar. Tumbados en la cama, la piel de él caliente y la suya helada, complementados en ese laberinto de sábanas y piernas, él la observaba y ella, sonrojada, sentía que no existía nada más. Y contrastando el silencio más precioso del mundo, estaba el latido de su corazón en el que ella se empeñaba en no dejar de escuchar nunca. Fuerte, constante, seguro, destacando sobre el suyo, débil, apenas perceptible, inquieto. No pudo. No pudo. El universo se abrió debajo de ese sonido ensordecedor que hacía su corazón al vivir, y entonces se quedó absorta con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando todo lo que siempre quiso saber. Ahora entendía con claridad la plenitud. Ya no había inquietudes, miedos, temores. Ya no había nada, tan sólo amor. Quiso creer que algo había querido que aquello pasase aquella remota mañana para que nunca fuese olvidado. Y es más, tiempo después, descubrió que aquello no había sido más que el entrante de un festín, que el sentimiento que empezó a crear ese día, la acompañó por siempre, haciéndola dichosa cada minuto de su vida.
Aquella mañana fue el comienzo de todo. Era jueves. Aparentemente normal y aburrido, pero con grandes esperanzas. Se despertó envuelta en ese sueño nocturno que parecía no querer abandonarla nunca y que, en cierta manera, tuvo que sacudir para que, a regañadientes, se esfumara dejando esas espantosas ojeras como pequeña venganza. El espejo parecía reirse de ella con cariño, mostrando sus rizos despeinados sobre la espalda y sus labios agrietados. Le mostraba su propia naturaleza, sin miramientos pero sin dureza. Su dulce reflejo le traicionaba al otro lado del cristal. Y ella, que solía mirarse al espejo durante largo rato, acariciando sus delicadas facciones a la par que pensaba sobre posibles cambios a experimentar, aquella mañana de febrero soleado, sonrió. Por un día, no quiso cambiar nada más de ella, le gustaba su pelo rebelde, sus pómulos ligeramente marcados y su aspecto desaliñado. Aquella mañana no se escondía en la imagen de alguien que no se correspondía con ella misma. Aquella mañana era especial.
Sin saber en que ocupar el tiempo recogió su cuarto, tranquilamente, sin prisas, con un nerviosismo camuflado en una tranquilidad a la que no estaba acostumbrada a tener. Aprovechó para recoger recuerdos escondidos en los recovecos de sus cajones. Cartas, hermosas cartas que nunca se cansaba de leer. Se alegró de que aquellas palabras escritas en tinta y con sentimiento formaran parte de su vida, de haber sabido valorar lo que tenía, justo y cuando lo tenía, de no haber pensado "fue bonito" y de pensar "¡qué afortunada soy!".
Deambuló toda la mañana sin destino fijo, errante, sin saber realmente qué hacer, nómada de sus recuerdos. Sabía exactamente lo que le esperaba en unas horas: plenitud. Y, sin embargo, esa palabra escondía tantos significados, que no podía evitar mostrar un atisbo de inquietud. Nadie sabe por qué a veces las personas llegan a nosotros para darnos las respuestas que más queremos.
Inevitablemente en cuanto oyó la puerta sonar, su sonrisa se alzó. Fue alcanzar a ver sus ojos y lo comprendió todo.
Nadie sabe ser seguro. Lo que definimos como una persona insegura o segura está directamente relacionado con la capacidad de disimulo que tengamos. Ella, cabezota, pequeña ingenua y soñadora, no había hecho nada más en toda su vida que pensar en los misterios de este mundo, y los trucos para plantar los pies en él de una vez. Sin embargo, le habían recomendado que no pensara mucho, que no era bueno, que resultaba que siendo ignorantes se vivía mejor. Nunca creyó en ese cuento chino. Para ella, esos ojos verdes que la absorbían con la mirada le hacía volar. Tumbados en la cama, la piel de él caliente y la suya helada, complementados en ese laberinto de sábanas y piernas, él la observaba y ella, sonrojada, sentía que no existía nada más. Y contrastando el silencio más precioso del mundo, estaba el latido de su corazón en el que ella se empeñaba en no dejar de escuchar nunca. Fuerte, constante, seguro, destacando sobre el suyo, débil, apenas perceptible, inquieto. No pudo. No pudo. El universo se abrió debajo de ese sonido ensordecedor que hacía su corazón al vivir, y entonces se quedó absorta con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando todo lo que siempre quiso saber. Ahora entendía con claridad la plenitud. Ya no había inquietudes, miedos, temores. Ya no había nada, tan sólo amor. Quiso creer que algo había querido que aquello pasase aquella remota mañana para que nunca fuese olvidado. Y es más, tiempo después, descubrió que aquello no había sido más que el entrante de un festín, que el sentimiento que empezó a crear ese día, la acompañó por siempre, haciéndola dichosa cada minuto de su vida.
domingo, 3 de marzo de 2013
Ensayo II
Siempre he pensado que la vida tiene algo más que males sabores de boca y agonías, que detrás del manto de egoísmo y maldad en el que viven todas esas personas empeñadas en ser pesimistas, hay algo más. Algo que quizás pocas personas llegan a enteder nunca, algo que realmente te haga valorar la vida.
Era jueves. Aparentemente normal y aburrido, pero con grandes esperanzas. Como ya he dicho, siempre pienso que existe algo más donde no lo hay o parece no haberlo. Puede ser que por eso me crea que todos los días son especiales. Ilusa de mí, dicen algunos. O vividora intensa. Hay diferentes versiones. Era jueves y me desperté envuelta en ese sueño nocturno que parece no querer abandonarte nunca y que tienes que, en cierta manera, sacudir para que, a regañadientes, se esfume dejando esas espantosas ojeras como pequeña venganza. El espejo parecía reirse de mí con cariño, marcando mis rizos despeinados en mi espalda y mis labios agrietados. Me mostraba mi propia naturaleza, sin miramientos pero sin dureza. Y yo, que suelo mirarme al espejo durante largo rato, deliberando que cambios experimentar en mí para ser más a mí gusto, aquella mañana de febrero soleado, sonreí. Por un día, no quise cambiar nada más de mí, me gustaba mi pelo rebelde, mis pómulos marcados, mi aspecto desaliñado, yo. Y extrañamente, no me imaginé siendo nadie más que yo. Aquella mañana no me escondía en el reflejo de alguien que no se correspondía conmigo.
Recogí mi cuarto, tranquilamente, sin prisas. Y aproveché para recoger recuerdos escondidos en los recovecos de mis cajones. Cartas, hermosas cartas que nunca se cansaban de emocionarme. Releí todas y cada una de ellas y me pareció como si hubieran pasado miles de años desde que las recibí. Me alegré de que aquellas palabras escritas en tinta y con sentimiento formaran parte de mis días, me alegré de haber sabido valorar lo que tenía, justo y cuando lo tenía, me alegré de no haber pensado "fue bonito" y de pensar "¡qué afortunada soy!". Hubiera podido aguantar las lágrimas y mantener mi orgullo si no fuera porque me decidí a inspeccionar la caja de chapa en la que se leía África.
Siempre fui una soñadora innata, demasiado idealista para algunos. Demasiadas cosas pasaban por mi cabeza, demasiadas cosas quería hacer. Y una de ellas siempre fue viajar a Kenya. No tiene sentido ni razón, no intenteis entenderlo. La caja sólo contenía dinero ahorrado desde hacía tiempo y alguna que otra foto que me recordase al continente africano. Pero aún así, conteniendo pequeñas miserías que habían supuesto pequeños esfuerzos sin importancia, para mí aquello significaba mucho. Sentí en ese momento que algún día visitaría mi destino deseado, por el simple hecho de ser tozuda e insistente. Sentí que con pequeñas tonterías podría conseguir lo que quisiera.
Lloré al abrirla, quizás de emoción o quizás de anhelo. No lo sé aún. Pero aquella mañana tranquila sin clases, conseguí entender el mundo un poco mejor. Nadie sabe por qué a veces las cosas vienen a nosotros para darnos las respuesta. Y lo contrario.
Cuando conseguí aclarar mis manos para que te abrieran la puerta hacia las doce de la mañana, tus ojos me dieron la respuesta.
Nadie sabe ser seguro. Lo que definimos como una persona insegura o segura está directamente relacionado con la capacidad de disimulo que tengamos. Yo, cabezota de mí, pequeña ingenua y soñadora, creo que no he hecho nada más en toda mi vida que pensar en los misterios de este mundo, y los trucos para plantar los pies en él de una vez. Sin embargo, me han recomendado que no piense mucho, que resulta que siendo ignorantes se vive mejor. Pero, a pesar de que quiera, no puedo. Tumbados en la cama, tu piel caliente y la mia helada, complementados en este laberinto de sábanas y piernas, me observas. Y contrastando el silencio más precioso del mundo, está el latido de tu corazón. Fuerte, constante, seguro, destacando sobre el mio, débil, apenas perceptible,inquieto. No puedo. No puedo. El universo se abre debajo de ese sonido ensordecedor que hace tu corazón al latir, y entonces me quedo absorta con mi cabeza apoyada en tu pecho, escuchando todo lo que siempre quise saber. Imaginándome cada pequeño músculo debajo de ese cuerpo infinito en el que me tienes atrapada, me pregunto qué habré hecho para que tú, feliz e inseguro a la par que todos, me transmitas esa inmensa seguridad en la que me quedaría sujeta para toda la vida. Me pregunto qué habrá hecho que dos pequeñajos como nosotros coincidamos en tan hermoso momento, que me des las respuestas de este intrincado laberinto y que me hagas volar por encima de todo. Me pregunto qué parte de ti decidió quererme y en que momento dejaste de sentirte inseguro. Me pregunto si yo causaré el mismo efecto en ti, o tan solo sientas una milésima parte de lo que tú me haces sentir. Pero, ¿sabes lo que realmente pienso? Pienso en que no puedo dejar de pensar en que me han recomendado no pensar mucho y que yo lo seguiré haciendo, porque pensar en ti mientras nos miramos como dos pequeños ingnorantes es lo único que me hace ser plenamente felíz.
Era jueves. Aparentemente normal y aburrido, pero con grandes esperanzas. Como ya he dicho, siempre pienso que existe algo más donde no lo hay o parece no haberlo. Puede ser que por eso me crea que todos los días son especiales. Ilusa de mí, dicen algunos. O vividora intensa. Hay diferentes versiones. Era jueves y me desperté envuelta en ese sueño nocturno que parece no querer abandonarte nunca y que tienes que, en cierta manera, sacudir para que, a regañadientes, se esfume dejando esas espantosas ojeras como pequeña venganza. El espejo parecía reirse de mí con cariño, marcando mis rizos despeinados en mi espalda y mis labios agrietados. Me mostraba mi propia naturaleza, sin miramientos pero sin dureza. Y yo, que suelo mirarme al espejo durante largo rato, deliberando que cambios experimentar en mí para ser más a mí gusto, aquella mañana de febrero soleado, sonreí. Por un día, no quise cambiar nada más de mí, me gustaba mi pelo rebelde, mis pómulos marcados, mi aspecto desaliñado, yo. Y extrañamente, no me imaginé siendo nadie más que yo. Aquella mañana no me escondía en el reflejo de alguien que no se correspondía conmigo.
Recogí mi cuarto, tranquilamente, sin prisas. Y aproveché para recoger recuerdos escondidos en los recovecos de mis cajones. Cartas, hermosas cartas que nunca se cansaban de emocionarme. Releí todas y cada una de ellas y me pareció como si hubieran pasado miles de años desde que las recibí. Me alegré de que aquellas palabras escritas en tinta y con sentimiento formaran parte de mis días, me alegré de haber sabido valorar lo que tenía, justo y cuando lo tenía, me alegré de no haber pensado "fue bonito" y de pensar "¡qué afortunada soy!". Hubiera podido aguantar las lágrimas y mantener mi orgullo si no fuera porque me decidí a inspeccionar la caja de chapa en la que se leía África.
Siempre fui una soñadora innata, demasiado idealista para algunos. Demasiadas cosas pasaban por mi cabeza, demasiadas cosas quería hacer. Y una de ellas siempre fue viajar a Kenya. No tiene sentido ni razón, no intenteis entenderlo. La caja sólo contenía dinero ahorrado desde hacía tiempo y alguna que otra foto que me recordase al continente africano. Pero aún así, conteniendo pequeñas miserías que habían supuesto pequeños esfuerzos sin importancia, para mí aquello significaba mucho. Sentí en ese momento que algún día visitaría mi destino deseado, por el simple hecho de ser tozuda e insistente. Sentí que con pequeñas tonterías podría conseguir lo que quisiera.
Lloré al abrirla, quizás de emoción o quizás de anhelo. No lo sé aún. Pero aquella mañana tranquila sin clases, conseguí entender el mundo un poco mejor. Nadie sabe por qué a veces las cosas vienen a nosotros para darnos las respuesta. Y lo contrario.
Cuando conseguí aclarar mis manos para que te abrieran la puerta hacia las doce de la mañana, tus ojos me dieron la respuesta.
Nadie sabe ser seguro. Lo que definimos como una persona insegura o segura está directamente relacionado con la capacidad de disimulo que tengamos. Yo, cabezota de mí, pequeña ingenua y soñadora, creo que no he hecho nada más en toda mi vida que pensar en los misterios de este mundo, y los trucos para plantar los pies en él de una vez. Sin embargo, me han recomendado que no piense mucho, que resulta que siendo ignorantes se vive mejor. Pero, a pesar de que quiera, no puedo. Tumbados en la cama, tu piel caliente y la mia helada, complementados en este laberinto de sábanas y piernas, me observas. Y contrastando el silencio más precioso del mundo, está el latido de tu corazón. Fuerte, constante, seguro, destacando sobre el mio, débil, apenas perceptible,inquieto. No puedo. No puedo. El universo se abre debajo de ese sonido ensordecedor que hace tu corazón al latir, y entonces me quedo absorta con mi cabeza apoyada en tu pecho, escuchando todo lo que siempre quise saber. Imaginándome cada pequeño músculo debajo de ese cuerpo infinito en el que me tienes atrapada, me pregunto qué habré hecho para que tú, feliz e inseguro a la par que todos, me transmitas esa inmensa seguridad en la que me quedaría sujeta para toda la vida. Me pregunto qué habrá hecho que dos pequeñajos como nosotros coincidamos en tan hermoso momento, que me des las respuestas de este intrincado laberinto y que me hagas volar por encima de todo. Me pregunto qué parte de ti decidió quererme y en que momento dejaste de sentirte inseguro. Me pregunto si yo causaré el mismo efecto en ti, o tan solo sientas una milésima parte de lo que tú me haces sentir. Pero, ¿sabes lo que realmente pienso? Pienso en que no puedo dejar de pensar en que me han recomendado no pensar mucho y que yo lo seguiré haciendo, porque pensar en ti mientras nos miramos como dos pequeños ingnorantes es lo único que me hace ser plenamente felíz.
Ensayo I
Nadie sabe ser seguro. Lo que definimos como una persona insegura o segura está directamente relacionado con la capacidad de disimulo que tengamos. Yo, cabezota de mí, pequeña ingenua y soñadora, creo que no he hecho nada más en toda mi vida que pensar en los misterios de este mundo, y los trucos para plantar los pies en él de una vez. Sin embargo, me han recomendado que no piense mucho, que resulta que siendo ignorantes se vive mejor. Pero, a pesar de que quiera, no puedo. Tumbados en la cama, tu piel caliente y la mia helada, complementados en este laberinto de sábanas y piernas, me observas. Y contrastando el silencio más precioso del mundo, está el latido de tu corazón. Fuerte, constante, seguro, destacando sobre el mio, débil, apenas perceptible,inquieto. No puedo. No puedo. El universo se abre debajo de ese sonido ensordecedor que hace tu corazón al latir, y entonces me quedo absorta con mi cabeza apoyada en tu pecho, escuchando todo lo que siempre quise saber. Imaginándome cada pequeño músculo debajo de ese cuerpo infinito en el que me tienes atrapada, me pregunto qué habré hecho para que tú, feliz e inseguro a la par que todos, me transmitas esa inmensa seguridad en la que me quedaría sujeta para toda la vida. Me pregunto qué habrá hecho que dos pequeñajos como nosotros coincidamos en tan hermoso momento, que me des las respuestas de este intrincado laberinto y que me hagas volar por encima de todo. Me pregunto qué parte de ti decidió quererme y en que momento dejaste de sentirte inseguro. Me pregunto si yo causaré el mismo efecto en ti, o tan solo sientas una milésima parte de lo que tú me haces sentir. Pero, ¿sabes lo que realmente pienso? Pienso en que no puedo dejar de pensar en que me han recomendado no pensar mucho y que yo lo seguiré haciendo, porque pensar en ti mientras nos miramos como dos pequeños ingnorantes es lo único que me hace ser plenamente felíz.
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