No escribía desde que era una adolescente insatisfecha, crítica y apasionada.
Supongo que ahora soy una chica de 22 años que mira el mundo con menos idealismo y menos sensación de impotencia, aunque quizás con un poco más de resignación.
Me he convertido en una persona que pretende hacer más y quejarse menos, que mira hacia el futuro con incertidumbre pero con sensación de cercanía.
Atrás quedaron los sueños utópicos, aquellos en los que remoloneaba cada noche, casi convirtiéndome en una chica de cine.
Sigo soñando mucho, no creas. Aunque supongo que llega el momento en el que el Principito de Saint-Exupéry tiene razón y te conviertes en una persona más preocupada por ti misma que por las fantasía banales.
También me he dado cuenta de que cuántas más experiencias vives, más piensas en el pasado. Sobre todo en estos tiempos que corren, en los que a veces el futuro parece negro (en lugar de verde) y preferimos no pensar mucho en él.
El caso es que llevo unas semanas recordando cómo era mi vida hace apenas un año. Pero también paseo por la ciudad y me veo a mi misma, compartiendo emociones, guiños, aventuras...contigo.
Supongo que no estoy siendo justa conmigo misma, sé que soy mucho más que un alma de biblioteca, errante y sedienta de amor. Pero mi cuerpo me pide a gritos un abrazo cálido. Está claro que el lugar no importa.